El encierro es la norma.
Karina Salguero M.
proa@nacion.com
País hecho cárcel. Rejas, verjas, muros, cercas, mallas, púas y portones&...; No hablamos de sistemas penitenciarios, sino del paisaje urbano costarricense. Este será un viaje por el cercado paisaje urbano de Costa Rica. Y un encuentro con el miedo y la angustia.
"Perro bravo". "Propiedad privada". "Prohibido el paso". ¡Elija su celda: hay barrocas, camufladas, rústicas, eclécticas y posmodernas! Pero, ¿hay tantas barras en el paisaje como en la mente del costarricense? ¿Dónde están realmente las rejas?
No hizo falta ir muy lejos. En busca de respuestas que explicaran qué provocó que los ticos asumiéramos nuestra condición de casa por cárcel, anduvimos por diferentes residenciales, ciudadelas y comunidades urbanomarginales para captar las múltiples formas de expresar el encierro. Encontramos rastros de constantes violaciones a la privacidad y una amarga lucha por mantener el patrimonio fuera del alcance del hampa. Sentimos ojos en las espaldas, calles inseguras y una insuficiente fuerza de seguridad pública para resguardar vidas. La piel de San José muestra vendas, remiendos y muchas cicatrices.
¿La vida o los bienes? Vista desde adentro, la seguridad se convierte en antagonista de su principal cliente, el ciudadano como usted o como yo. Entre todo el equipo de protección, los bienes están a salvo, pero ¿qué sucede cuando una situación de emergencia nos obliga a salir en estampida?
Las imágenes de la fotoperiodista Patricia Ugalde muestran un dramático paseo por la Suiza Centroamericana, en la que se hace evidente que nadie -no importa la condición social- está exento de vivir en algún tipo de cautiverio.
La tranquilidad de la nueva Costa Rica descansa sobre el grado de resguardo que tiene el hogar. Las razones hablan en lengua estadística: según el décimo Informe del Estado de la Nación, en el 2002 se registraron 52.851 delitos contra la propiedad. La placa de la alarma (aunque sea solo la placa), botellas de vidrio quebradas en los muros, un guarda con agujas, cámaras con circuito cerrado, el guachimán con palo y pito, el gendarme en bicicleta o, en los residenciales más prósperos, el vigilante en Vespa, todos viven con nosotros, nos dan esperanza y no sayudan a sentir paz.
Ensalada de frutas urbana. Como un efecto dominó, doña Francisca dobló el espesor de la reja que tenía al ver que los vecinos de enfrente, los Bolaños, pusieron alambre navaja. Ella temió que, si los ladrones veían tales medidas de seguridad, renunciarían a meterse allá y escogerían su casa como blanco. Por eso puso rejas hasta en el techo; como dice doña Francisca, "uno nunca sabe".
Tal vez tenga razón: nadie sabe. Lo que sí sabemos es que el resto de la vecindad doblará esfuerzos para no convertirse en víctimas y el tema de la estética y los espacios verdes quedará bien guardado&...; ¡tras las rejas!
La forma en que el país se ha llenado de pequeñas fortalezas es un fenómeno irreversible; así lo analiza el arquitecto Jafet Segura, profesor de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Costa Rica. Este miedo a ser la próxima víctima de un asalto es parte de los imaginarios urbanos, sostiene Segura.
Si el único camino parece ser llenar la casa de sistemas de seguridad de acuerdo con el bolsillo, la estética urbana se convierte en tema secundario, y el resultado general es una "ensalada de frutas, en la que todos quieren diferenciarse". Sin embargo, esa búsqueda por la fortaleza más impenetrable tiene un elevado costo económico, ya que, en promedio, la reja de tubo cuadrado más económica del mercado cuesta unos ¢19.000 el metro, y si se aspira a una reja estilo rústico en hierro forjado, el costo por metro se infla a unos ¢24.000.
En definitiva, la sociedad cambió, la tapia entejada ya no alberga un espacio de convivencia. De acuerdo con Segura, parte de los problemas urbanos son los lotes tan reducidos donde se construye, que no reúnen las condiciones ideales de espacio habitable. Como allí no se puede vivir bien, empieza la lucha por apropiarse de la zona de tránsito. En esa misma dinámica, los garajes se convierten en salas y se juntan cerca, barrote y fachada.
El teorema de Thomas, clave en la sociología del conocimiento, establece que "si los individuos definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias". Eso, de alguna forma, justifica las ambivalentes profecías urbanas sobre la ola de delincuencia y sus consecuentes mitos y terrores que, en nuestro caso, se justifican por la escasa acción de los encargados de la seguridad con que cuenta el país.
Según un estudio a cargo del Centro Centroamericano de Población de la Universidad de Costa Rica (CCP-UCR), la percepción de inseguridad ciudadana es mayor a la tasa de victimización. El 84,8 por ciento de la muestra (1.272 personas de un total de 1.500) no han sido víctimas de un delito. De las 228 que sí lo han sido, casi la mitad (112 personas), denunciaron el hecho ante una institución pública.
La principal razón para no denunciar es la ineficacia de la respuesta institucional. "De las 115 que arguyeron una razón para no denunciar, más de la mitad dijeron que hacerlo no sirve para nada. De las 228 víctimas, 154 afirmaron que el robo fue sin agresión ni amenaza o que se les metieron a la casa sin violencia".
Como una forma de acercarse al problema de la inseguridad ciudadana, el sociólogo Francisco Escobar explica que la conducta agresiva es natural; no una característica de la sociedad moderna. "Es parte de la vida. Y no es mayor o menor que la de antes. Muy lógico: si no existe un sistema estatal que garantice seguridad, entonces las medidas deben ser tomadas en casa".
Escobar explica que "no necesitamos que ocurran los atentados a las Torres Gemelas para vivir en pánico. Estamos ante una delincuencia terrorista. Es un terrorismo sin terroristas y, como no sabemos quién es el malhechor, adoptamos comportamientos paranoicos: en la parada del bus, miramos con el rabo del ojo para saber quién está al lado. Y si vamos en taxi, le hacemos un análisis clínico al chofer buscando indicios de delincuencia".
El entrenamiento civilizador en el que aprendemos a convivir en grupo es la educación. Cuando no hay un buen sistema que garantice este entrenamiento para la vida social, comienza a fallar el tejido protector. Cuando hay desorganización, es mayor la vulnerabilidad.
Cerrando el paso a cualquier excusa de las que aseguran que antes no existía la violencia, Escobar agregó que: "Cuando todos nos conocíamos y éramos parientes, la sociedad en que vivíamos creaba un tejido protector alrededor del individuo, un manto de custodia.
Con algunos cambios en la sociedad, como aumento demográfico, crisis económicas, involucramiento de más culturas y un crecimiento vertiginoso de la sociedad costarricense autóctona, la estructura de seguridad se hizo insuficiente y el resultado es una sociedad que lucha por defenderse individualmente".
En definitiva, esta obsesión por prevenir cualquier asalto a la "libertad" surge de un ambiente donde no se percibe que exista una organización custodiando los hogares. Entre las estadísticas del estudio del CCP, la inseguridad ciudadana resultó ser el problema nacional más importante citado por las personas que participaron. Constantemente, la sabiduría urbana repite a los ciudadanos que, ante un robo o asalto, entregue lo que le piden. ¡Ríndase! ¡Manos arriba! ¡No ofrezca resistencia&...;!
Como no todos podemos construir nuestros castillos feudales modernos,entonces recurrimos a compramos seguridad psicológica. Es cuando surge la barrera de disuasión del perro bravo. Y el que tiene un chihuahua, tarde o temprano, termina adquiriendo un verdadero perro de cuido, el más grande y dientón. Pero, al cabo de unos meses, se da cuenta de que "la tranquilidad tampoco tenía cara de perro grande".
¿Qué sigue después, si ya hasta se le encomendó la casa a San Silvestre, el ermitaño, y se le pidió que plantara a Juan, Matías, Lucas y Daniel en cada esquina?
Prisión del tamaño del país. Como una epidemia, los barrotes en las casas, comercios, iglesias, escuelas, zonas de entretenimiento y recreación son la regla. La excepción no fue posible encontrarla. San José semeja una lúgubre estampa dibujada bajo códigos de barras que revelan el valor del objeto que los ostenta.
Dentro de todo este afán por proteger la vida y el fruto del trabajo, se construye un lenguaje de rejas, en el que hay jerarquía y grandes esfuerzos por costear resguardos. Al parecer, los materiales que se utilizan para la seguridad de una vivienda hablan por sí mismos de los recursos económicos de cada quien.
No es igual ver una casa con alambre de púas que una con una placa de cerca electrificada. Tampoco se pueden comparar unas tablas atravesadas y algún pasaje bíblico que aluda a los principios y bases cristianas del invasor.
Si el candado es una cosa ceremonial y aun con murallas y cortinas metálicas los robos no cesan, lo único que queda es rogar por formar parte de la agenda de algún gobierno o que algún expresidente que defienda los derechos de los reos, incluya nuestro caso, la realidad de todos los prisioneros que vivimos bajo una libertad condicionada al tamaño de nuestros barrotes.